Cusco fue el centro del Tahuantinsuyo, el imperio que llegó a extenderse desde el sur de Colombia hasta el centro de Chile. Los españoles no arrasaron la ciudad: construyeron encima. Por eso el centro histórico es un palimpsesto donde las iglesias barrocas se apoyan sobre cimientos de sillería inca que han resistido varios terremotos mientras las estructuras coloniales de arriba se venían abajo.
El Qorikancha explica la ciudad
Empiece por el Qorikancha, el templo del Sol. Sus muros estaban recubiertos de láminas de oro y sus recintos alojaban a las principales divinidades del imperio. Encima se levantó el convento de Santo Domingo. Hoy se ven las dos cosas a la vez, y el contraste entre la piedra inca —bloques encajados sin mortero, con una precisión que sigue costando explicar— y la mampostería colonial es la mejor lección de historia que ofrece la ciudad.
Sobre Cusco, a veinte minutos de subida, está Sacsayhuamán, una fortaleza ceremonial con bloques de más de cien toneladas ajustados milimétricamente. Se puede subir andando desde la plaza de San Cristóbal, aunque con la altitud conviene tomárselo con calma. Siguiendo la misma carretera aparecen Q'enqo, Puka Pukara y Tambomachay, tres conjuntos menores que se visitan en la misma mañana.
San Blas y las calles de piedra
El barrio de San Blas, cuesta arriba desde la Plaza de Armas, concentra talleres de artesanos, casas con balcones de madera y una iglesia con un púlpito tallado que es una de las piezas de imaginería más notables del continente. Por el camino, en la calle Hatun Rumiyoc, está la célebre piedra de los doce ángulos, encajada en un muro que fue palacio del Inca Roca.
La altitud es un asunto serio
La ciudad está a 3.400 metros. El soroche —mal de altura— afecta a mucha gente, y no depende de la forma física. Las primeras veinticuatro horas conviene no cargar equipaje cuesta arriba, comer ligero, beber agua y evitar el alcohol. El mate de coca ayuda algo; si los síntomas van a más, en cualquier farmacia venden acetazolamida, aunque conviene consultarlo antes del viaje.
Comer sin caer en la trampa
La Plaza de Armas está rodeada de restaurantes con carta plastificada y captadores en la puerta. Dos calles más allá se come mejor y por mucho menos. El Mercado de San Pedro, diseñado por el taller de Eiffel, sirve caldos de gallina, jugos de frutas amazónicas y platos del día en mesas corridas. En los barrios altos abundan las picanterías, donde el chiriuchu, el adobo cusqueño de los domingos por la mañana y el cuy al horno se preparan como se han preparado siempre.